Uno -o sea, yo-, que a menudo se pregunta si tiene mal la cabeza o qué, se fija en algunas cosas que le hacen preguntarse si su cerebro no podría haberse dedicado a tener una habilidad especial con la música o algo similar en lugar de reaccionar a determinados estímulos visuales que no tienen la más mínima trascendencia.
Digo ésto porque ayer estaba buscando unas cosas en la red para decorar un piso de forma barata (Léase: Carteles de pelis de ciencia ficción de culto con buena resolución) y di con una coincidencia curiosa que me llamó la atención. No trato de apuntarme ningún tanto porque soy consciente de que parte de mi cerebro aún sigue intentando tener una habilidad especial útil y está distraído tratando de coordinarse con la mano para poner los dedos de esta o aquella forma en el mástil de una guitarra inexistente, así que soy consciente de que no descubro nada; pero bueno, como la observación me parecía curiosa, aquí os la dejo en forma de historia de lo que podría haber sido el inicio de una moda:
Años 50, el cartelista -que no carterista- de turno de unos grandes estudios está tomándose un Martini con aceituna “arrugá” en la terraza de un bar de Hollywood protegiendo su cabeza con un sombrero para que el sol de la mañana no le queme la cabeza que, por otra parte, ya está más que quemada de tanto tomar Martini por las mañanas en lugar de cafés o colacaos o cereales de ésos que te hacen ir al servicio todos los días a la misma hora, como un reloj. Como buen diseñador, sabe que si no eres capaz de abstraerte en tu mundo al segundo, lo mejor es estar beodo perdido. Pero que no se piense que el cartelista es un ser subyugado por la literatura del XIX que se ve incapacitado para despreciar la corriente etílica que muchos de sus representantes seguían, no, el cartelista se emborracha para aguantar las charlas de los comerciales que saben de vender pero no saben de diseñar carteles. Por poner un símil de ésta, la epopeya diaria de cada diseñador: Hay un fontanero tirado en el suelo arreglando el codo del lavabo; junto a él, una señora lo observa y le dice “debería coger la llave del 15 para esa tuerca”; el fontanero piensa en flores, pajaritos y, en fin, en ésa bonita escena de Blancanieves de Disney que todos recordamos, dice “si, es verdad” para, acto seguido, coger la del 12 y soltar la tuerca.
Bien, pues teníamos a ese cartelista en Hollywood tomándose el Martini con esas circustancias citadas que rodean sus pensamientos cuando de pronto, una camarera, al pasar, deja caer accidentalmente su bandeja sobre éste. Y en dos segundos el cartelista lo relaciona todo. Vuelve al estudio y rápidamente se pone a trabajar en el cartel para la película de serie B que le correspondía donde existen dos posibilidades:
A) El monstruo o robot en cuestión es la camarera y el Martini es la bella muchacha.
B) El monstruo o robot en cuestión es el cartelista que se va a merendar a la camarera.
Más o menos -más menos que más- ése podría ser el comienzo de una moda de robots y monstruos con pose de camarero que lleva en su bandeja a una moza en edad de merecer que se extendió durante muchos años y por muchas películas. Como muestra, un botón (si pulsáis en la foto iréis a la galería de Flickr con el tamaño completo):
King Kong (Merian C. Cooper, 1933)
Captive wild woman (Edward Dmytryk, 1943)
Ultimátum a La Tierra (Robert Wise, 1951)
Invaders from Mars (William Cameron Menzies, 1953)
Phantom from space (W. Lee Wilder, 1953)
Robot Monster (Phil Tucker, 1953)
Invasores de otros mundos (Sherman A. Rose, 1954)
La humanidad en peligro (Gordon Douglas, 1954)
La mujer y el monstruo (Jack Arnold, 1954)
Tobor the great (Lee Sholem, 1954)
Tarantula! (Jack Arnold, 1955)
Destination Mars! (1956)
Planeta prohibido (Fred M. Wilcox, 1956)
The mole people (Virgil W. Vogel, 1956)
Begining of the end (Bert Gordon, 1957)
El ataque de los cangrejos gigantes (Roger Corman, 1957)
From Hell it came (Dan Milner, 1957)
La invasión de los hombres del espacio (Edward L. Cahn, 1957)
The Mysterians (Ishiro Honda, 1957)

The Colossus of New York (Eugene Lourie, 1958)
The Crawling Eye (Quentin Lawrence, 1958)
La mujer insecto (Roger Corman, 1960)
La semilla del espacio (Steve Sekely, 1962)
PD: También existen dos variantes que son la de la mujer en el suelo mientras un monstruo la amenaza desde el fondo (The Mole people) o la de la mujer en brazos de alguien que la rescata (Invasores de otros mundos); he incluído ambos carteles como ejemplo.



























Pues está claro que como tantas cosas siguen un patrón estructural definido. Muy interesante tu aportación. Por cierto tengo pendiente la tarea que me has enconmendado en el post anterior , a ver si me pongo a ella antes de emigrar.
Un saludo
que bueno tu blog
hay varias de esas pelis que e visto, y son increibles..jaja
hay algunos carteles buenisimos, taria excelente conseguir alguno de ellos.
pasare por aca nuevamente
saludos
Que bueno verte de vuelta de las vacaciones, has descansado o mucha fiesta? jeje. Que post mas bueno, me he reido un montón con la camarera, jeje. Pues si que es verdad, menos la pobre tarantula o las extrañas homigantes de Them, que la tienen que sujetar con las fauces. A mi me pasa igual con las voces de los doblajes, pienso “no podría mi cerebro dedicar toda esta habilidad en algo productivo”, pues no, porque entonces no sería yo, jeje.
Un abrazo
oye, está muy bueno. me gusta. mucho. lamentablemente sufro de una rara enfermedad a la vista llamada oculopajitis que me dificulta mucho leer en una pantalla de computador. ademas adoro asesinar arboles, porque no usas un formato friendly para imprimir, o sea, el post completo sin necesidad de abrir una nueva pantalla, mis ojos te lo agradeceran.